lunes, 20 de agosto de 2007

Poesía de la Mente


En una de esas cosas extrañas que suceden a través de los e-mails, los Hermanos Chang me invitaron a ver Enrique Enriquez y su Poesía de la Mente. Habría pasado como una noche más de no haber sido por el lugar del encuentro: “La Carnicería”.

Para los amantes de la parrilla este lugar, en La California Sur en Caracas, les parecerá familiar. De hecho, en más de una ocasión “La Carnicería” fue lugar obligado antes de: un viaje a la playa, un cumpleaños, la celebración de un fin de semestre y/o/u cualquier sinrazón para echarse palos y librar al carnívoro reprimido.

Una vez confirmada la dirección, llegué al lugar sin mayores desvíos. Efectivamente se trataba del lugar que tenía en mis 512k de memoria. Pero, ¿una carnicería para hablar de poesía? Además, el sitio que recordaba estaba cerrado para el momento de mi llegada, a eso de las 8:00 de la noche.

Bajé el vidrio y le pregunté a un señor con pinta de guachimán o cuida-carros:
—Maestro, vengo a un evento.
—Aquí mismo es. Estaciónese ahí trancando ese carro.

La calle mal iluminada, pero con suficiente gente como para no desconfiar, me aprobó el valor para aparcarme en el lugar indicado. Crucé la calle y verifiqué que la carnicería se encontraba cerrada, closed, fermer, geschlossen. Le pregunté a mi nuevo amigo:
—Maestro, ¿cómo le llego al evento?
—Siga derecho, al final a la derecha — como el baño en cualquier casa — hay unas escaleras, súbalas, ahí es.

Una vez atendidas las instrucciones me acerqué a la entrada del claustro no sin antes avistar a un rottweiler, negro y de mi tamaño, el cual ladraba a infinitos decibeles. Luego me fije en que eran dos las bestias, y que los ladridos se debían a sus ganas de estar juntos. El perro se apaciguó y me dio la bienvenida tiernamente, no sin antes mirarme y olfatearme, como si estuviera a punto de cometer un acto ilícito y él fuera a impedírmelo. Yo me sentía como el perro me miraba: ilícito.

Adentrado en el sitio y habiendo dejado a Cerberos, encadenado, un olor a sangre se hizo penetrante. ¿Será esta la entrada al Tártaro?, ¿o la casa de Drácula?, ¿será sangre humana?, ¿me irán a sacrificar?. Algo de Tarot decía la página web de Enrique, ¿qué carajo hago yo aquí?. Por un instante sólo podía oír mis propios latidos mientras el olor se hizo cada vez más agudo. Dos mujeres raudas aparecieron; se veían seguras muy emperifolladas. Quizás van a hablar con Hades o Drácula. Ahora envalentonado por el par de hembras, las seguí hasta el final del pasillo, cruzamos a la derecha y subimos al segundo piso. Las atosigué más de cerca al corroborar que no eran mujeres vampiro — se reflejaron en mi llavero cromado —. Creo que se percataron de mi presencia porque aceleraron súbitamente el paso.

Al terminar las escaleras, las mujeres encontraron a sus conocidos y comenzaron los besuqueos de rigor. Por un momento me recordó una escena de Kubrick en Eyes Wide Open, pero todos estaban vestidos y no había orgía. ¡Gracias a Dios! — no estaba preparado para tal atrevimiento—. Detrás de las mujeres besuqueadoras se abrió un lugar bullicioso con paredes blancas, sin olor a sangre. Me encontré con Fedosy y Enrique conversando. Fedosy me presentó a Enrique, pero mi vejiga me hizo saber que debía buscar un sitio en el Tártaro para deshacerme de esta parte mortal que ya no me hacía falta — a mi el miedo me da por número 1 —. En eso apareció Roberto sacudiéndose las manos y detrás de él mágicamente apareció el cartel tan añorado: “Baño”.

Saludé a Roberto, no sé por qué, pero se sorprendió al verme, quizás por mi cara de espantado o de continente, o ambas cosas. Pero creo que quedó claro, por mi breve saludo, que andaba de emergencia.

Salí del baño relajado y emulando los gestos de Roberto de hacía cinco minutos — es que no había papel para secarse las manos —. Me dejé llevar por la magia del lugar, era una especie de taller fotográfíco y galería de arte. Una pared me recibió con la descripción de las diferentes actividades que se realizaban en el sitio. Era un centro de arte con olor a carne. ¡Hum!, ¿al final no somos eso?, ¿un poco de arte con olor a carne? o ¿un poco de carne con olor a arte? El significado me golpeó y me fui a comprar una cerveza. Hacía calor.

De Enrique Enriquez no puedo decir más que fue poesía pura y dura. Jugar con las metáforas de la manera más seria fue lo que me llevé de aquella sesión. No tuve la oportunidad de hablar cara a cara con él, pero me llevé muchas bombas de tiempo que sin duda explotarán llegado su momento. Les recomiendo su página para que envíen su foto: http://blog.myspace.com/enriqueenriquez . Simplemente pura magia.

Me quedé con las ganas de ver a Hades o Drácula, ¿o si los vi?.

3 comentarios:

Lina dijo...

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Celinha dijo...

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Si ese fume fue en un viaje a la luna...que no te digo de un viaje a las estrellas...

Esta bien...pero no se...nunca me esperaba ese final...no se...me dejo medio como que no ha terminado...

magali dijo...

Hola Eu!
Me parece que le falto un poco más de detalle no me permitio ver bien los sitios (creo que entiendes), a diferencia de los otros articulos donde podia recorrer con detalle los hechos, a mi parecer no vi tu sello personal. Pero el tema muy bueno, por un momento me situe al entrar las mujeres besuconas en una escena de la pelicula de Frida Calo, pero solo porun momento luego me perdi, con lo del baño y no vi mas.
Si ves porque te digo que uno se la tiene que fumar verde y estar relax para poder leerte.
Chevereee pero no pierdas tu sello (estilo)